Ministrando a la manera del Salvador

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    Élder Walter F. González

    Para aumentar nuestra fe en nuestro Padre Celestial y en Su Hijo Jesucristo se requiere que aprendamos acerca de ellos. El Hijo enseñó las cosas que su Padre le enseñó, y el Hijo hizo las cosas que vio hacer a Su Padre. Debemos aprender de las enseñanzas del Salvador, de Su comportamiento y de Sus atributos.

    Permítanme compartir dos ejemplos de las escrituras. Uno de ellos ocurrió en la antigua América. Se recibieron muchas bendiciones para aquellos que sufrían, especialmente para los niños pequeños, cuando el Salvador les ministró como se muestra en el capítulo 17 de tercer Nefi. Estas bendiciones vinieron porque el Salvador les ministró según sus necesidades. 

    El Salvador percibió sus debilidades y les dio una asignación. Los invitó a ir a sus casas y preparar sus mentes meditando sobre las cosas que Él les había enseñado.

    También les pidió que oraran al Padre para que sus mentes fuesen abiertas. El Salvador se enfocó en las necesidades de aquellos que le escuchaban. Más tarde, explicó las cosas que quería hacer; pero cuando se enfocó en sus necesidades, notó que 'estaban llorando y lo miraron fijamente como si le pidieran que se quedara un poco más con ellos' (3 Nefi 17: 2-6).

    Lo que sigue muestra las bendiciones que se producen con la activación de un atributo similar al de Cristo. El Salvador sintió compasión. Como resultado, las bendiciones llegaron a la gente como nunca antes.

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    De esto aprendemos que enfocarse en las necesidades de otros nos ayudará a desarrollar atributos como los de Cristo. Este es un ejercicio en el que participamos mientras ministramos a quienes nos rodean y a quienes nos han sido asignados. Poco a poco nos volvemos más como Él a medida que nos enfocamos en las necesidades de aquellos a quienes ministramos. Otro ejemplo se encuentra en el Nuevo Testamento.

    Aprendemos que cuando Cristo estaba cerca de la puerta de la ciudad de Naín,

    “He aquí que sacaban a un difunto, unigénito de su madre, que era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: No llores.

    Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, ¡levántate! Entonces se incorporó el que había muerto y comenzó a hablar.

    Y Jesús se lo entregó a su madre.” (Lucas 7: 11-15).

    Las bendiciones fluyen a medida que nos enfoquemos en las necesidades de los demás, y ayudándonos también a desarrollar atributos similares a los de Cristo. Esta es la raíz misma de nuestro desarrollo; o nuestro proceso de conversión, mientras ministramos a la manera del Salvador.