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Yo nací de buenos padres

Yo nací de buenos padres

“Los padres tienen la responsabilidad esencial de ayudar a sus hijos a prepararse para regresar al Padre Celestial, y cumplen con dicha responsabilidad al enseñarles a seguir a Jesucristo y a vivir Su evangelio”.

“Los padres tienen la responsabilidad esencial de ayudar a sus hijos a prepararse para regresar al Padre Celestial, y cumplen con dicha responsabilidad al enseñarles a seguir a Jesucristo y a vivir Su evangelio”.

Manual 2, 1.1.4

Manual 2, 1.1.4
Las mejores maneras en la que nos percatamos de la vital importancia que la familia tiene en el Plan de Salvación son el estudiar y el meditar en la palabra de Dios. El Plan de Salvación es el Evangelio de Jesucristo y debemos trabajar con ahínco para conocerlo y aplicar sus enseñanzas, por el bien de nuestras familias. Primero escudriñamos Su palabra, que nos llega por medio de todas las sagradas Escrituras, antiguas y modernas. Además meditamos también en las verdades absolutas que nos llegan por medio de las palabras de profetas vivientes, porque creemos en la revelación continua para toda la Iglesia [i] .
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Este conocimiento de la pura doctrina de Jesucristo lo enseñamos y aplicamos primordialmente dentro de nuestras familias. En ello no hay esfuerzo que sea lo suficientemente arduo, ni fuerte, ni sacrificado, que no valga la pena realizar continuamente y cada vez mejor, para lograr el fin de esta gran obra del Plan de Salvación: el desarrollar familias amorosamente unidas, que perduren por toda la eternidad[ii]. Así que aprendemos la doctrina de Cristo, la aplicamos y la enseñamos,  en lo que constituye un ciclo eterno de progreso espiritual al también hacer y guardar convenios con Jesucristo, hasta progresivamente alcanzar la exaltación[iii]. Ninguno de nosotros es perfecto en cumplir con todo lo que nos es requerido en esta vida. Es por medio del poder fortalecedor del sacrificio expiatorio de Jesucristo, al que nos acogemos por medio de nuestra obediencia a mandamientos y convenios de exaltación, que podemos ir creciendo como padres por medio de la justificación y la santidad.

Me gusta el ejemplo del Rey Benjamín como un padre que se dedicó toda su vida al aprendizaje de sus tres hijos, hasta alcanzar la vejez  y estar próximo a morir[iv]. En el Libro de Mormón, en el primer capítulo del libro de Mosíah, leemos que el Rey Benjamín hizo que sus hijos fueran instruidos en el idioma de sus padres y que supiesen de profecías. También les enseñó sobre los anales contenidos en las planchas de bronce y sobre las planchas de Nefi (Escrituras). Se nos relata que además les instruyó de muchas cosas más que no se incluyeron en ese registro.

¿Por qué les enseñó de esta manera? Leemos en el mismo capítulo que fue con el propósito de que fueran hombres de entendimiento,  que supiesen de las profecías del Señor, que conociesen los misterios de Dios y para que siempre tuviesen sus mandamientos antes sus ojos para no degenerar en la incredulidad. El Rey Benjamín les recuerda que deben escudriñar con diligencia las Escrituras y guardar los mandamientos para prosperar en la tierra. ¿Cuáles fueron los resultados? Su hijo Mosíah siguió los pasos de su padre y fue un rey según Dios[v]. Esa gran bendición, el poder ver una posteridad que se levanta luego de uno y que camina por senderos agradables al Señor Jesucristo, produce uno de los mayores gozos que podemos sentir en la tierra. Eso es cumplir con la medida de nuestra creación, como hijos e hijas de Dios y de Jesucristo.

El ser buenos padres[vi] requiere el conocer y el cumplir con mandamientos y convenios sagrados con Jesucristo. Es haber trabajado con afán en familia hasta haber desarrollado una medida de amor en la tierra que es la que más se asemeja al amor de Dios. Es verdaderamente convertir nuestra casa o morada en un hogar que sea un pedazo del cielo.  Es entender que partimos de otra casa en la pre-mortalidad, donde vivimos ante la presencia del Padre Celestial, con el propósito de venir a la tierra a obtener un cuerpo y progresar hacia nuestro próximo estado. Aquí  debemos nacer para morar en la casa de nuestros padres terrenales y ayudar a convertirla en un hogar donde se crezca según Jesucristo. En estos últimos días ello incluye el visitar con frecuencia Su Casa, la cual es Su santo templo, para allí participar de las ordenanzas más sagradas del sacerdocio, que son aquellas que nos unen como familias eternas. Y como es cierto de toda ordenanza, su poder radica en que se haga por medio de la autoridad de Dios y que se guarden los convenios que las acompañan.

Eso nos lleva a ser padres eternos, lo que es obtener el galardón de morar en las mansiones celestiales como seres exaltados, en presencia del Padre Celestial y de Jesucristo. Es salir en la primera resurrección y heredar tronos, reinos, principados, potestades y dominios, toda altura y toda profundidad. Es recibir todo lo que los siervos hayan declarado, por el tiempo y por toda la eternidad. Es pasar a su exaltación y gloria en todas las cosas, lo que será una plenitud y continuación de las simientes por siempre jamás[vii].

El enseñar a los hijos de Dios de manera eficaz está al alcance de todos. No todos seremos padres de hijos biológicos, por diversas circunstancias de la vida. Pero podemos emplearnos en el rol de padres al influir para bien en sobrinos, vecinos, hijos de amistades, niños en la Primaria, jóvenes en la Mutual, etc. Eventualmente el Señor nos coronará no sólo por nuestros hechos, sino también por los justos pensamientos y por los justos deseos de nuestro corazón.

Finalmente, es importante que podamos rendir buenas cuentas de nuestra mayordomía de enseñar estas cosas, el evangelio de Jesucristo, a nuestros hijos[viii]. Volviendo a un punto importante previamente expresado, todo esfuerzo con sacrificio al enseñar el Evangelio a Sus hijos es valioso y loable. Repito: no hay esfuerzo que sea lo suficientemente arduo, ni fuerte, ni sacrificado, que no valga la pena realizar continuamente y cada vez mejor, para lograr el fin de esta gran obra del Plan de Salvación: el desarrollar familias amorosamente unidas, que perduren por toda la eternidad.

Recuerdo que en una ocasión entrevisté a una hermana para la renovación de su recomendación para el templo. Ella me indicó que tenía dudas de su dignidad, debido a que sus tres hijas estaban menos activas. Cuando le pregunté de qué manera les había enseñado el Evangelio en su hogar, me indicó que hasta les había dado todas sus clases de seminario diario temprano en la mañana en su propio hogar. En ese momento sentí por el Espíritu Santo y así le testifiqué, que el Padre Celestial estaba complacido con la labor que había realizado con sus hijas. En palabras del Rey Benjamín, estaba “con la conciencia limpia delante de Dios… y vuestra sangre no sea sobre mí… para que pueda limpiar mis vestidos de vuestra sangre… descender en paz, y mi espíritu inmortal se una a los coros celestes, para cantar alabanzas a un Dios justo”[ix].

Buenos padres en el Señor, sí tienen la mejor oportunidad de tener buenos y mejores hijos, generación tras generación. Pero aún si los logros presentes no resultasen, por el momento, en las bendiciones anticipadas, nos queda confiar y tener fe en un Padre Celestial y en Su hijo Jesucristo, que aman a Sus hijos entrañablemente y que desean recibirles en Sus mansiones.



[i] Artículo de Fe Núm. 9

[ii] Eclesiastés 3:14

[iii] 2 Nefi 4:15-35

[iv] Mosíah 1:9 y otro ejemplo en 2 Nefi 4:5

[v] Mosíah 6:4-7; 28:17

[vi] 1 Nefi 1:1; Enós 1:1

[vii] D. y C. 132:19

[viii] Deuteronomio 6:6-7

[ix] Mosíah 2:15, 27-28