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Nuestro libro de la vida

Nuestro libro de la vida
Se escriben las páginas del libro de la vida a medida que vivimos día a día. No hay revisiones, no existe la reencarnación.
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Todos nosotros, durante el transcurso de nuestras vidas, deseamos la felicidad, pero lamentablemente en ocasiones, al tratar de alcanzarla, la confundimos con el placer. El élder James Talmage[1] definió muy bien la diferencia entre el placer y la felicidad:

      “La edad actual es una de búsqueda de placeres, y los hombres están perdiendo el equilibrio mental en su carrera desenfrenada hacia las sensaciones que no hacen más que excitar y desilusionar. En estos tiempos de falsificaciones, adulteraciones y viles imitaciones, el diablo está más ocupado que en cualquier otra época de la historia humana, inventando placeres, viejos así como nuevos; estos  son los que pone en venta de la manera más atractiva, designándolos con el falso nombre de FELICIDAD. En esta asechanza destructora de almas nadie lo supera; ha tenido siglos de experiencia práctica, y por medio de su astucia ha monopolizado el mercado.

      La felicidad no deja un sabor amargo en la boca, no viene acompañada de una reacción deprimente; no exige el arrepentimiento, no causa pesar, no produce remordimiento. El placer con suma frecuencia hace necesario el arrepentimiento, la contrición y el sufrimiento; y, cuando se le da rienda suelta, trae la degradación y la destrucción.

    La felicidad no tiene relación con la levedad, ni es semejante a la jovialidad ligera. Se origina en las fuentes más profundas del alma, y con frecuencia viene acompañada de lágrimas. ¿Os habéis sentido alguna vez tan felices que tuvisteis que llorar? Yo sí”.

Alguien dijo: “Las grandes esencias de la felicidad son: algo que hacer, a quien amar y la esperanza de algo”. Quisiera hacer algunas reflexiones sobre cada una de estas “esencias de la felicidad”.

ALGO QUE HACER

Alguien dijo: “La función propia del hombre es vivir, no existir”.

¿Qué estamos haciendo?

¿Nos sentimos satisfechos con lo que somos?

¿Estamos echándole la culpa constantemente a Satanás por nuestros fracasos y errores?

¿Estamos usando sabiamente el poder de elección?

El escritor Og Mandino[2] escribió:

Elige amar en lugar de odiar

Elige amar en lugar de odiar

Elige reír en lugar de llorar

Elige reír en lugar de llorar

Elige crear en lugar de destruir

Elige crear en lugar de destruir

Elige perseverar en lugar de renunciar

Elige perseverar en lugar de renunciar

Elige alabar en lugar de criticar

Elige alabar en lugar de criticar

Elige curar en lugar de herir

Elige curar en lugar de herir

Elige dar en lugar de robar

Elige dar en lugar de robar

Elige actuar en lugar de aplazar

Elige actuar en lugar de aplazar

Elige crecer en lugar de consumirte

Elige crecer en lugar de consumirte

Elige bendecir en lugar de blasfemar

Elige bendecir en lugar de blasfemar

Elige vivir en lugar de morir

Elige vivir en lugar de morir

En el Sermón del Monte, Jesús concluyó con la parábola[3] del hombre sabio e insensato de la siguiente manera:

“A cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las hace, le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca.

Y descendió la lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos y azotaron aquella casa; pero no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.

Y a cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena.

Y descendió la lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina”.

El élder Richard L. Evans[4] dijo: “Delante de ti va un anciano que has de conocer. Se parece un poco a ti, habla y anda igual que tú. Tiene tu nariz, tus ojos, tu barba; y si te ama o te aborrece, te respeta o te desprecia, si está enojado o cómodo, se siente feliz o desdichado, depende de ti. Porque tú lo hiciste. Eres tú...hecho anciano”.

“¿Qué regalo recibiremos al final de nuestros días? El que cada uno de nosotros desee. Somos nuestro propio obsequio”.

A QUIÉN AMAR

A QUIÉN AMAR

Jesús, enseñando a los saduceos y fariseos, ante la pregunta ¿cuál es el gran mandamiento de la ley?, respondió:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el primero y grande mandamiento.

Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.[5]

Creo que si se nos pregunta si amamos a Dios, todos diríamos inmediatamente un rotundo “sí”, pero quizás no siempre nos demos cuenta de lo que eso significa. El amor no solo debe quedar en el sentimiento sino que debe expresarse y manifestarse con la acción. El amar a Dios significa que estamos guardando Sus mandamientos; que estamos caminando la segunda milla; que nos esforzamos en cumplir con nuestros llamamientos, sin poner frecuentemente excusas por nuestra inoperancia; que siempre le damos a Dios la ofrenda de un corazón quebrantado y un espíritu contrito, reconociendo nuestras faltas y arrepintiéndonos de ellas, con lo cual le estamos manifestando nuestro amor al expresar, con ese proceder, que necesitamos estar cerca de Él.

Asimismo, el amor a Dios se relaciona estrechamente con el amor al prójimo. Jesús enseñando una de Sus parábolas dijo, “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”.[6] Por ejemplo, si no ayunamos estamos diciéndole a Dios que no lo necesitamos, es decir, que las bendiciones que nos ha prometido si cumplimos con ese mandamiento, y que está dispuesto a prodigarlas en abundancia por el amor que nos tiene, no son importantes para nosotros. También le estamos diciendo que no amamos lo suficiente a nuestro prójimo, porque no damos nuestras ofrendas de ayuno para ayudarles en sus necesidades.

Otro ejemplo de la manifestación de nuestro amor se demuestra al ir con frecuencia al templo del Señor, para sentirnos más cerca de Él y, al mismo tiempo, ayudar a aquellos que no han tenido la oportunidad de conocer Su Evangelio y hacer los convenios y las ordenanzas que Él ha dicho que son necesarias para volver a Su presencia.

LA ESPERANZA DE ALGO

La esperanza es la confianza que tenemos en conseguir una cosa.

¿Qué deseamos conseguir?

¿Nuestros deseos concuerdan con los propósitos de Dios?

Nuestro Padre Celestial definió muy claramente cuáles son Sus deseos: “Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”[7]. Hemos recibido como gracia divina la inmortalidad, pero para lograr la vida eterna debemos “vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios”[8].

Una pregunta que siempre deberíamos hacernos es: ¿Conozco a Jesucristo? Esta pregunta significa si conocemos Sus enseñanzas y si estamos aplicándolas en nuestras vidas.

Aún seguimos escribiendo nuestro libro de la vida, podemos rectificar el rumbo, hacerlo más elevado, más próximo a nuestro Creador. Ruego que lo hagamos de tal forma que alcancemos la altura que nos propusimos lograr ante nuestro Padre Celestial, y por la cual Él estuvo complacido.

Que podamos hacer, amar y tener la suficiente esperanza, de tal manera que en nuestro libro de la vida se indique que, por la forma en que vivimos, conocemos a Jesucristo y, por consiguiente, tengamos algún día el privilegio de morar en la presencia de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo, por siempre jamás.


[1] Élder James Talmage (1862- 1933) Improvement Era, tomo 17, número 2, páginas 172, 173. Fue un miembro del Quórum de los Doce Apóstoles.

[2] Og Mandino (1923 – 1996) El milagro más grande del mundo. Ensayista y psicólogo estadounidense, considerado como uno de los mayores especialistas mundiales en la escritura de libros de autoayuda.

[3] Mateo 7: 24- 27

[4] Richard L. Evans (1906 – 1971). Fue un miembro del Quórum de los Doce Apóstoles.

[5] Mateo 22: 37-39

[6] Mateo 25: 40

[7] Moisés 1: 39

[8] D. y C. 84: 44