Nuestra carta al Señor Jesucristo: nuestra vida

    Nuestra carta al Señor Jesucristo: nuestra vida

    “Nuestra carta sois vosotros, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres; siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón.” 

    “Nuestra carta sois vosotros, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres; siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón.” 

                                                                                           2 Corintios 3:2-3

                                                                                           2 Corintios 3:2-3
    Todos los que servimos en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tenemos la responsabilidad y oportunidad de rendir cuentas de nuestra mayordomía. Usualmente lo hacemos por medio de entrevistas personales con los que nos han llamado al servicio en la Iglesia, donde hablamos del progreso logrado y de los obstáculos encontrados. También podemos hacer reportes escritos para que se lleve un registro de todas las cosas que acontezcan a los miembros y en la Iglesia. El propósito es buscar y obtener la revelación necesaria para hacer la obra a la manera de nuestro Señor Jesucristo. Con ello, podemos mejorar en nuestro desempeño y ser mejores instrumentos en Sus manos al servirle por medio de servir a nuestros semejantes. [1]
    Hugo-E-Martinez-140x170.jpg

    De forma más personal, nuestras vidas constituyen nuestra carta a nuestro Señor Jesucristo sobre nuestra mayordomía, escrita no en papel o en medios electrónicos, sino en nuestros corazones; no con tinta, sino por medio del Espíritu Santo[2]. El presidente Russell M. Nelson les habló de esto a los nuevos presidentes de misión y sus esposas el 25 de junio de 2015, en lo que concierne a los misioneros de tiempo completo. Es la manera en la que demuestran estar bien fundamentados en la fe en Jesucristo y en Su doctrina.

    El acogernos a la doctrina de Cristo es un proceso que comienza desde que se nos enseña Su evangelio restaurado de parte de Sus mensajeros verdaderos. Cuando recibimos dicha enseñanza, gradualmente reconocemos la palabra de Jesucristo por la acción del Espíritu Santo, si no endurecemos nuestro corazón.[3] Según actuamos en base a las enseñanzas que recibimos, nuestra fe en Jesucristo crece. Entonces nos damos cuenta de las cosas por las que debemos pedir perdón a Dios y que debemos corregir, por medio de un verdadero proceso de arrepentimiento.[4] Luego de haber testificado “… ante la Iglesia que se han arrepentido verdaderamente de todos sus pecados…”[5], podemos ser recibidos como miembros en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días por el bautismo y la confirmación. El perdón de nuestros pecados entonces viene al hacernos acreedores de las bendiciones del sacrificio expiatorio de Jesucristo y representa el nacer de nuevo, como criatura nueva. Las bendiciones del perdón son el poder sentir el Espíritu Santo, ser llenos de verdadero gozo y el tener la paz que viene de tener la conciencia limpia.[6]

    Ese paso no representa el final, sino el comienzo de nuestro caminar por una gloriosa senda estrecha y angosta de ordenanzas y convenios, cuya obediencia nos lleva a la verdadera conversión al evangelio de Jesucristo. Parte de este proceso es que tendremos oportunidades de rendir cuentas de nuestra mayordomía, vida y conversión a líderes llamados por inspiración, quienes nos entrevistarán para que podamos demostrar nuestra dignidad antes de recibir todas las ordenanzas y convenios. Si luego de ello seguimos adelante por la senda con firmeza en Él y perseveramos hasta el fin, el Padre Celestial nos promete que alcanzaremos la vida eterna[7].

    La Visión del Área Caribe nos invita a ser más convertidos al caminar por esa senda. Eso lo logramos por medio de guardar nuestros convenios con el Señor y ser más responsables y autosuficientes ante Dios. Al analizar nuestra vida semana tras semana, podemos determinar nuestra dignidad para tomar la Santa Cena en la Iglesia en el día de reposo. El obispo nos puede ayudar. En ocasiones evaluaremos nuestro proceder y nos daremos cuenta de que hemos fallado en algo que debemos corregir de inmediato. Si somos honestos con nosotros mismos y humildes, podremos verdaderamente arrepentirnos e irnos despojando del hombre natural por acción del Espíritu Santo[8]. Entonces tomaremos la Santa Cena plenamente dignos de hacerlo. Al guardar sagrado el día de reposo en el hogar y en la Iglesia, nuestra fe en Jesucristo y nuestro testimonio de Su evangelio y de Su Iglesia aumentará. Asistiremos con la regularidad que nuestras circunstancias nos permitan al templo, para allí hacer los convenios más sagrados y hacer la misma obra por nuestros antepasados. Las bendiciones que recibiremos nos permitirán ser autosuficientes y responsables ante Dios y los hombres. El resultado de ver todas esas bendiciones nos llevará a tener un mayor aprecio por el sacrificio expiatorio de Jesucristo y un mayor deseo de compartir Su evangelio con otros, para que puedan tener la oportunidad de escoger caminar por la misma senda que lleva a la vida eterna, y así no perezcan[9]. Eso lo haremos por medio de nuestras palabras y nuestro buen ejemplo[10].

    Al meditar en cuanto a las entrevistas, los reportes y las evaluaciones propias mencionadas previamente, tendremos la bendición de reconocer en nuestras vidas la mano de nuestro Señor Jesucristo de forma continua. Él nos prepara para los llamamientos que hemos de recibir, por medio de llamamientos previos, experiencias de vida y la recta influencia de personas a nuestro alrededor. Nos prepara también para las pruebas que hemos de experimentar en esta vida. Podemos ver cómo nuestras cargas son más ligeras de lo que pudieran haber sido sin la intervención del Señor. De seguro que veremos nuestras oraciones contestadas, usualmente por la ministración de otra persona que es enviada para ayudarnos. Los medios necesarios y las fuerzas nos son concedidos en el momento más oportuno. Para poder darnos cuenta de todo eso, tenemos que caminar por medio de la fe en Jesucristo durante nuestra vida, pues las evidencias de Su presencia con nosotros no se ven hasta que somos probados en todas las cosas. Entonces veremos la mejor escritura, es decir nuestra conversión por el Espíritu Santo, escrita en las tablas de carne de nuestro corazón.


    [1] Véase Mateo 25:34-40

    [2] Véase 2 Corintios 3:3

    [3] Véase D. y C. 29:7

    [4] Véase Mosíah 4:2

    [5] D. y C. 20:37

    [6] Véase Mosíah 4:3

    [7] Véase 2 Nefi 31:20

    [8] Véase Mosíah 3:19

    [9] Véase Alma 26:14-15

    [10] Véase 1 Timoteo 4:12