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¿Soy yo guarda de mi hermano?

¿Soy yo guarda de mi hermano?
Todos conocemos la historia de Caín y Abel en la Biblia.  La pregunta que el Señor hizo a Caín tras la muerte de Abel es instructiva: 
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“Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel, tu hermano? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” (Génesis 4:9).

El mensaje indiscutible es que todos somos guardas de nuestros hermanos. Esta respuesta va de la mano con la gran enseñanza del Salvador acerca de nuestras prioridades eternas:

“Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó para tentarle, diciendo: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la ley? Y Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas” (Mateo 22:35–40).

No hay escasez de oportunidades para servir, amar y elevar a los demás. Tenemos, por ejemplo, la maravillosa historia que se compartió recientemente en este sitio web, de una hermana del barrio Madre Vieja II, de la estaca San Cristóbal, en la República Dominicana (Ver más).  Ella había dejado de asistir regularmente y tenía serios problemas de salud. A petición del obispo y del consejo de barrio, los misioneros de tiempo completo la visitaron y le dieron una bendición. Los resultados fueron maravillosos; además de sentirse mejor, ella dice que ha vuelto plenamente a la actividad y que se está preparando para entrar en el templo.

Naturalmente, nos referimos realmente al privilegio que tenemos los miembros de la Iglesia del Señor de tomar parte en uno de los milagros más extraordinarios de todos: ¡el proceso de la conversión! Este proceso es sagrado y crucial tanto para miembros menos activos, los no miembros (p. ej., “amigos” e “investigadores”), los miembros necesitados de fortaleza, como para los integrantes de nuestra familia que han fallecido.

Apresurar el proceso de la conversión es la esencia de lo que quiere decir el Señor al apresurar Su obra de salvación de los hijos de Dios (véase D. y C. 88:73). Podemos hacer muchas cosas para traer a nuestros hermanos y hermanas a la Iglesia; a continuación doy algunas sugerencias:

  • Los obispos junto con los consejos de barrio pueden fijar metas con fe en cuanto a activación y conversión, e implementar planes inspirados para alcanzar tales metas ( Ver más).
  • Se insta a los obispos, en coordinación con los consejos de barrio, a identificar a miembros menos activos que puedan ser receptivos a una visita de los misioneros, como se hizo en el caso del barrio Madre Vieja II. Quizás se pueda proveer a los misioneros continuamente de nombres para que ellos siempre tengan cinco personas o familias que visitar.
  • Los obispos (y otros más) pueden estar atentos los domingos para determinar cuáles miembros podrían haber asistido mas no lo hicieron. Al finalizar las reuniones dominicales, en un “consejo de barrio de pie” de diez minutos, pueden asignar los nombres de esos miembros a los hermanos del consejo para que se aseguren de que sean visitados por personas adecuadas durante la semana, y luego informen al obispo (Ver más)
  • Los misioneros pueden capacitar e involucrar a los miembros para que participen en la enseñanza de los investigadores, en una labor verdaderamente mancomunada y coordinada (Ver más).
  • Los miembros pueden celebrar “reuniones sociales” en sus casas e invitar a otras familias activas, menos activas, investigadores y misioneros de tiempo completo a fin de relacionarse y compartir un mensaje, así como el espíritu y el gozo del Evangelio, y quizás algún refrigerio ( Ver más). Este método fue el que se usó ampliamente al principio para establecer la Iglesia en República Dominicana, en Jamaica y otros países del Caribe.  
  • Los miembros pueden acercarse a sus amigos e invitarlos a que les acompañen a la Iglesia (Ver más). 

Más que tiempo o dinero, este proceso precisa de amor, el amor por Dios y por nuestro prójimo. Se trata, sencillamente, de ser “guarda de mi hermano”. Normalmente, este servicio trae consigo una bendición que a veces se pasa por alto: nosotros también llegamos a convertirnos más plenamente (véase Elder David A. Bednar, “Soportar sus cargas con facilidad”, Conferencia General de abril de 2014). 

¡Que Dios nos ayude a todos a HACERLO!