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La Fe en Dios y el amor a nuestro prójimo

La Fe en Dios y el amor a nuestro prójimo
Nos dice el apóstol Pablo,  que la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1). La fe en Dios es creer que Él existe y que es remunerador de los que le buscan y de los que le aman. Es esta fe la que lleva a los hombres a todo conocimiento y a toda fidelidad.
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“La verdad  es que todo hijo y toda hija de Dios debe tener primero fe en Dios, fe en que Él existe, en que Él es justo, en que Él es todopoderoso, en que Él gobierna todas las cosas y que en Él se concentra toda perfección. Puede ser que no tengan un conocimiento de eso, pero deben tener fe en que eso es cierto. Éste es el primer principio de la religión revelada. Está escrito que sin fe es imposible agradar a Dios. También está escrito que el justo vivirá por fe. Por tanto, digo que es necesario que toda persona tenga fe en Dios, el Hacedor y el Creador de todas las cosas, el Gobernante de los cielos y de la tierra. Sin fe, los mundos no habrían podido crearse; sin fe, éstos no podrían permanecer en su lugar; pero por la fe todas las cosas son posibles para Dios y para el hombre.

 Se dice que la fe es un don de Dios, y así es; pero la fe no se recibe sin obras; la fe no se recibe sin la obediencia a los mandamientos de Dios”. (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, páginas 53-54).

Al obedecer los mandamientos nace en nosotros el deseo de cumplir con Su voluntad y cumplir con lo que Él  nos ha mandado, y uno de esos mandamientos tiene que ver con obedecer la ley del diezmo y las ofrendas (Malaquías 3:7-9).

El Señor está requiriendo de su pueblo el cumplimiento de este mandamiento, para ayudarnos a entender que nuestra fe en Él es más fuerte que los bienes terrenales o cualquier cosa material.

Ninguna persona puede obtener la plenitud de las bendiciones de Dios si no se aproxima, al menos en cierto grado, a la norma de fe en la justicia de Dios y su misericordia. Cada persona debe haber cimentado en su propia alma la creencia y la confianza en este principio de justicia y misericordia. Esto debe ser algo individual, puesto que ninguna persona puede actuar por otra, yo no puedo pagar el diezmo, o las ofrendas, por mi vecino o por mi hermano.

Debemos siempre recordar que pagamos las ofrendas de ayuno para que el Señor, por medio de sus líderes, pueda bendecir las vidas de Sus hijos e hijas necesitados.

Cada persona debe aprender esta lección, la cual debe grabarse tan indeleblemente en su alma y quedar tan bien cimentada en su ser que nada le separe del conocimiento del amor de Dios aunque la muerte y el infierno se interpongan en su camino. Dios es bueno; Sus promesas nunca fallan; confiar absolutamente en Su bondad y en Su misericordia es un principio correcto. Por lo tanto, pongamos en Él nuestra confianza y Él moverá cielo, mar y tierra en beneficio nuestro y en el de nuestros semejantes.

Si nuestra religión no nos lleva a amar a Dios y a nuestro prójimo, y a tratar justa y correctamente a todas las personas, entonces es en vano profesarla. El Apóstol Juan dijo: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, pero aborrece a su hermano, es mentiroso. Porque  el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de Él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Juan 4:20-21). 

La mejor forma de ejemplificar nuestro amor por Dios es vivir nuestra religión. Es en vano profesar que amamos a Dios y que tenemos fe en Él cuando nuestros hechos demuestran otra cosa.

Los convenios sagrados que hemos hecho nos imponen estrictamente los deberes que tenemos unos con otros y hacia Él. Si observamos las obligaciones de nuestra religión sentiremos el compromiso de  cumplir con nuestro deber, jamás existiría en nosotros un sentimiento que no fuera de aprecio y amor para con Dios y con todos los hombres (2 Nefi 31:13).

Cristo se dedicó con ahínco a enseñarnos estos principios, y dijo: “…en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40). Ése es el mensaje que Dios nos ha comunicado. Ésta es la Iglesia de Él, y está tan perfectamente organizada que todo hombre, mujer y niño, puede tener la oportunidad de hacer algo bueno por alguien.

En consecuencia, al hacer la voluntad de Dios, lo conoceremos y nos acercaremos más a Él y sentiremos que vamos a alcanzar la vida eterna. Sentiremos que amamos a los seres humanos de todas partes y que podemos exclamar como los apóstoles de la antigüedad, “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, porque  amamos a los hermanos…” (1 Juan 3:14) 

El Señor nos ha dado la ley del diezmo al igual que el mandamiento de contribuir con ofrendas. A medida que lo hacemos, estamos construyendo el Reino de Dios. Llevamos así la felicidad a muchas personas sobre la tierra. Cuando obedecemos estas leyes, demostramos amor por nuestro Padre Celestial, por Su Hijo Jesucristo, y por nuestros hermanos y hermanas. También demostramos nuestra fe en Dios y recibimos a cambio bendiciones temporales y espirituales que valen mucho más que el dinero que aportemos. (Isaías 58:8-12).

Por lo que podemos decir que el diezmo y la ofrenda no es una cuestión de dinero sino de fe.

Que el Padre Celestial nos dé la guía como personas individuales y como familia de poner nuestra casa en orden, porque hay en nuestras casas cosas que no son rectas (D&C 93:43). Mis estimados hermanos que seamos fieles, que podamos recibir de lo alto la inspiración necesaria para demostrarle a nuestro Dios que creemos en Él y en la expiación infinita que Su Hijo llevó a cabo para que por medio de nuestro arrepentimiento podamos regresar a Su presencia.

Sé que estas leyes nos acercarán más a Él y a Su reino y que al cumplirlas las bendiciones vendrán como rocío del cielo.