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Los sentimientos de nuestras almas

Los sentimientos de nuestras almas Hermana Dina Álvarez Zivic – Élder Claudio Daniel Zivic

Queridos hermanos y hermanas, es difícil poner en orden nuestros sentimientos después de seis años de servicio en el Área Caribe, y además despedirnos de todos ustedes.

Fue realmente milagrosa la manera en la que el Señor fue ordenando nuestras vidas, hasta estos momentos. Hemos visto que con la ayuda de nuestro Padre Celestial y de Jesucristo todo es posible.

Nuestros padres se bautizaron en su juventud junto con algunos de nuestros abuelos y abuelas.

Nosotros nos bautizamos en Argentina a la edad de ocho años en la primera capilla construida por la Iglesia en Sudamérica. Nunca tuvimos que preguntarnos ni cuestionarnos acerca de la veracidad de esta Iglesia.

El 20 de noviembre de 1966 tuvimos la oportunidad de participar en la organización de la primera estaca de Argentina, la cual fue presidida por el élder Spencer W. Kimball. Fue la segunda de Sudamérica, después de la de Brasil, el 1 de mayo de ese mismo año.

Crecimos juntos en la misma rama hasta que la hermana Zivic se ausentó durante seis años, viviendo tres años en EEUU y tres en Chile. Al regresar, ya como una joven adolescente, nos enamoramos, concretándose el matrimonio en enero de 1972. Para ambos fue el primer y único noviazgo. En ese entonces no existía un templo en Argentina, de manera que tuvimos que esperar hasta enero de 1979 para sellarnos en el recién dedicado templo de San Pablo Brasil.

Esa fue una de las experiencias más maravillosas y espirituales de nuestras vidas. Viajamos, con nuestro propio coche 4.000 km, ida y vuelta, desde Buenos Aires, con nuestros tres pequeños hijos, ahora tenemos cinco. Recordamos el momento tan especial cuando divisamos el hermoso templo. El corazón nos comenzó a latir muy fuerte, y estábamos ante la realidad de que en pocas horas más nuestra familia sería eterna.

Luego de efectuar la ordenanza del casamiento nos trajeron a nuestros tres pequeños hijos, vestidos de blanco. ¡Qué emoción! No podíamos parar de llorar. Todos tomados de las manos fuimos sellados por tiempo y por toda la eternidad y nos vimos proyectados en los espejos como una familia eterna. ¡Qué maravillosa experiencia!

Fue muy especial haber tenido la oportunidad de efectuar seis revisiones de templos. Una de ellas fue en el templo de Arizona, que fue el lugar en donde a los nueve años la hermana Zivic se selló a sus padres. Pudimos viajar juntos, y luego de cincuenta años ella pudo estar nuevamente en ese templo. Lo impactante fue que, al recorrer los distintos salones de sellamientos, ella pudo sentir claramente cuál fue el cuarto en el que se selló.

Testificamos de la veracidad de esta obra. Las promesas que recibimos de nuestro amoroso Padre Celestial, a través de Sus patriarcas, se han cumplido de una manera impensada y maravillosa. No podemos dudar de que la revelación existe, de que Él está pendiente de nosotros, que Su ayuda siempre está disponible, si es que recurrimos a Él con humildad y con corazones quebrantados y contritos.

Sabemos que Dios, nuestro Padre Celestial nos ama y preparó el hermoso Plan de Salvación para que regresemos a Su presencia. Que por ese amor que el Padre nos tiene, “dio a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3: 16).

Testificamos que Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor. Voluntariamente se ofreció en el concilio de los cielos para bajar a la tierra y cumplir Su misión. Vivió una vida sin pecados, padeció en el Getsemaní y en la cruz de una manera incomprensible para la mente humana. Al sufrir por los pecados, tristezas, enfermedades, injusticias y sufrimientos de la humanidad, sabe cómo socorrernos.

Sabemos que está siempre dispuesto para ayudarnos, y lo hace. Sabemos que lo hizo por amor, por esa caridad que solo Él tiene de forma perfecta. Él es el Jehová del Antiguo Testamento, el Mesías prometido, el Cristo anunciado por todos los profetas, el gran Yo Soy. Su tierna invitación es: “Ven, sígueme”.

Testificamos que el profeta José Smith vio al Padre y al Hijo esa gloriosa mañana de primavera. Ellos le hablaron, dando comienzo a la restauración de la Iglesia verdadera, luego de años de obscuridad. Los cielos fueron abiertos, trayendo la plenitud del evangelio a la tierra. Las llaves del sacerdocio fueron conferidas y salió a luz, del polvo de la tierra, el Libro de Mormón, otro testamento de Jesucristo, la clave de nuestra religión. Sabemos que contiene la verdad y que nos acerca más a Dios que cualquier otro libro.

Nuestro Padre Celestial siempre ha levantado profetas para amonestar y prevenir a su pueblo. Testificamos que el presidente Russell M. Nelson ha sido llamado por Dios en estos días para ayudarnos a no errar el camino.

Sabemos que somos eternos y de gran valor, somos hijos de un Rey, nuestro Padre Celestial. Que Él los bendiga siempre. Los amamos. Siempre hemos recibido y sentido el amor de todos ustedes.

Hasta que nos volvamos a ver…