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La obra del templo une a las familias

Elder Cándido Fortuna Élder Cándido Fortuna

Cuando mi esposa y yo nos preparábamos para ir al templo de Lima Perú a sellarnos en noviembre del 1996, nos embarcamos en obtener la mayor cantidad posible de nombres de nuestros antepasados, entendiendo la necesidad que tenían ellos de recibir las ordenanzas del evangelio. Fue un tiempo maravilloso el tener la oportunidad de sentarnos con nuestros abuelos y abuelas,  preguntar y escuchar  historias sobre quienes en nuestra familia ya habían atravesado el velo y que ahora esperaban por nosotros.

Por la cantidad de nombres que llevamos, la mayor parte del tiempo en el templo la pasamos realizando ordenanzas por nuestros propios antepasados. Fue una experiencia grandiosa sentir que muchos de ellos estaban esperando durante tantos años e imaginar el gozo que sintieron al ver terminada su espera, también llenó mi corazón de gozo.

Hace poco tiempo un presidente de estaca compartía conmigo el cambio que había percibido en la vida de los miembros de su estaca al vivir el evangelio, por la influencia de estar pasando más tiempo trabajando con la obra de Historia Familiar y Templo: “Hay un mayor sentimiento de compromiso hacia el Señor”, me expresaba.

El que no naciere del agua y del Espíritu no puede heredar el reino de Dios” (Juan 3:5). El bautismo vicario proporciona a nuestros antepasados esa maravillosa oportunidad que quizás nunca tuvieron antes de pasar del otro lado del velo.

En una epístola que escribió hace más de ciento cincuenta años, José Smith dijo: “Los santos tienen el privilegio de ser bautizados por… los parientes muertos… que hayan recibido el Evangelio en el espíritu… por medio… de quienes hayan sido comisionados para predicárselo ”2. Luego, él agregó: “Esos santos que desatiendan ese cometido en beneficio de sus familiares fallecidos ponen en peligro su propia salvación” (Enseñanza de los presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 471–472).

Recientemente tuve la oportunidad de reunirme con mi tía abuela Florita Peña, única hermana con  vida de mi abuela paterna. Fue una experiencia asombrosa escuchar las historias y conocer más de la niñez y juventud de mi abuela, esos sentimientos me acercaron más a ella, a pesar de no estar entre nosotros. También tuve la oportunidad de reunirme con mi tía Irene Fortuna la única hermana de mi abuelo paterno. Estas experiencias de tomar el tiempo para buscar, conocer y conversar con nuestros parientes mayores, abre la ventana del conocimiento y del corazón para que la promesa de Elías se cumpla en nosotros, de volver el corazón a nuestros padres:“He aquí, ha llegado plenamente el tiempo del cual se habló por boca de Malaquías, testificando que él [Elías el profeta] sería enviado… para hacer volver el corazón de los padres a los hijos, y el de los hijos a los padres” (D y C  110:14–15).

“Ninguna obra ofrece mayor protección a la Iglesia que la obra del templo y la investigación de historia familiar que la acompaña. Ninguna obra surte un efecto más purificador sobre el espíritu; ninguna obra que llevemos a cabo nos da mayor poder; ninguna nos exige una norma más elevada de rectitud”. Presidente Boyd K. Packer “El Santo Templo”, Liahona, octubre de 2010, pág. 35.

Comparto mi testimonio del gozo que se siente al buscar nuestros antepasados y luego llegar al templo a realizar las ordenanzas a su favor, si nosotros sentimos gozo, podemos imaginar el sentimiento que les embarga al vernos hacer lo que no pudieron o tuvieron la oportunidad de hacer por sí mismos. Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor y ha preparado un plan de misericordia para que  lleguemos nuevamente a su presencia, por medio del bautismo y las demás ordenanzas salvadoras.