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carla

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Soy la segunda de 5 hermanos, cuando era niña nos mudamos a un humilde barrio de la parte este de Santo Domingo, era un lugar humilde, pero hermoso a mi vista.

Fue ahí donde conocí una niña muy sobresaliente y disciplinada (Sandra Louis) quien procedía de una familia honesta, trabajadora y muy consagrada a las cosas del Señor.

Un día mientras jugábamos me habló de lo maravillosa que era su Iglesia y todo lo que disfrutaba en la primaria y me dijo que si deseaba conocer más ella pediría permiso a mis padres para  que me dejaran ir con ellos el próximo domingo, así lo hizo y el domingo siguiente asistí con su familia. Mi primera vez en la Iglesia fue una experiencia maravillosa, aún recuerdo el amor que recibí de mis maestras de la primaria y todos los hermanos.

Luego de algunos domingos asistiendo con mis hermanos menores, la familia Louis pidió permiso a mis padres para que los misioneros nos enseñaran más sobre el evangelio, ellos aceptaron y mi madre al comprender más aceptó que yo y mi hermana menor nos bautizáramos, lo cual hicimos un domingo 11 de agosto de 1996.

Asistí por dos años a la Iglesia, pase por la primaria y un tiempo por las mujeres jóvenes, sin embargo algunos  sucesos en mi vida, entre ellos la perdida de nuestra casa debido a un incendio, hizo que mi familia se dividiera por un tiempo y yo fui a vivir con una vecina de mi abuela.

A pesar de que recibimos ayuda de la Iglesia, familiares y muchas personas, el perder nuestra casa fue una experiencia muy dolorosa, una época de mucho sufrimiento que nos ayudó a ser más unidos y fuertes como familia.

Fue bajo estas circunstancias que deje de asistir a la Iglesia, el único contacto que tuve fue durante la casa abierta del templo, donde tuve la gran oportunidad de asistir. Poco a poco mi testimonio se fue enfriando al no contar con nadie cerca que me aconsejara sobre mi vida espiritual.

Con el pasar de los años me volví inactiva, solo pensaba en trabajar, estudiar y divertirme como cualquier joven de mi edad. Me volví muy independiente y autosuficiente en el aspecto temporal tanto que me olvidé totalmente de lo espiritual. Todo aquello que aprendí se había borrado de mi cabeza, no recordaba nada, ni siquiera mi visita al templo, solo quedaban en mí algunos recuerdos borrosos de la larga fila que había hecho ese día y de los zapaticos que me pusieron en los pies para poder entrar.

Pasado el tiempo pudimos recuperarnos y reunirnos como familia nuevamente. Un día al llegar a casa mi padre me dijo: “Te mandaron saludos las amiguitas de la Iglesia (las hermanas Louis)”. Desde ese momento, cada vez que la familia Louis veía  a mi padre nos mandaban saludos.

Paso el tiempo y un dia en mi trabajo conocí a un señor que vendía los  seguros de los vehículos de la empresa y que era miembro de la Iglesia, cuando él se enteró que yo también lo era cada vez que me veía aprovechaba la oportunidad para aconsejarme y hablarme del evangelio.

El tiempo siguió pasando y conocí a mi esposo, nos fuimos a vivir juntos y quede embaraza de mi hija Angélica, fue un embarazo muy complicado desde el comienzo y cuando el parto antes de tiempo se presentó, estuve muchos días en intensivo. Uno de esos día vi la muerte, ya no había esperanza para mí, estaba caminando en los que muchos llamamos el túnel de la muerte, era un camino muy oscuro, solitario, con un frío tan intenso que me congelaba los huesos, sentía un miedo terrible, un miedo que no existen palabras para describir.

Sintiendo ese miedo y  desamparo hice lo que por muchos años no hacía, eleve una oración a mi Padre Celestial: “Padre tengo miedo, no me desampares, perdóname, dame otra oportunidad, no quiero morir, te juro que volveré a la Iglesia  solo para servirte, te serviré por el resto de mi vida”. El milagro ocurrió y  comencé a respirar por mí misma y lo peor pasó; sin embargo, al pasar los meses continué mi vida normal y no volví  a la Iglesia aunque en mi corazón sabía lo que tenía que hacer, no sabía cómo dar el primer paso.

A los cinco años nuevamente salí embarazada, fue difícil para mí revivir todo aquello y aunque todo salió bien  sentí que mi Padre Celestial dio otra oportunidad.

En una ocasión, nuevamente el corredor de seguro visito nuestra empresa y esta vez me pregunto: Carla ¿Piensas criar a tus hijos fuera del evangelio? ¿En un mundo que cada vez está más perdido? y agrego: Mis hijos todos están dentro del evangelio y como padre sé que están reguardados de las tormentas de este mundo que los puedan azotar.

Sus palabras penetraron  mi corazón y de repente llegó a mi mente el sentimiento de que debía poner mi vida en orden, le sugerí a mi esposo casarnos por el civil, lo cual aceptó. Esa misma semana tuve un sueño, donde al final escuche claramente una voz que me dijo: tú serás la responsable de tu familia, eres un ejemplo para ellos, ellos te seguirán en el camino que tú decidas seguir, eres responsable de tu descendencia.

Cuando amaneció le escribí a mi tío quien es obispo de la Iglesia, le comente mi sueño, mi deseo de volver a la Iglesia y también de mis temores, él me contestó lo siguiente: “Nuestro Padre Celestial utiliza varias vías para comunicarse con sus hijos y una de ellas son las revelaciones personales”. 

En mi mente pensé que iba a encontrar todo como lo había dejado, cuando llegué era muy diferente, ya la mayoría de hombres y mujeres jóvenes de mi época estaban casados con familia y la mayoría habían permanecido firmes en el evangelio, sentía miedo y vergüenza, pero el amor con el cual me recibieron  las hermanas de la Sociedad de Socorro, hizo que poco a poco desaparecieran mis dudas, para mí era como empezar de nuevo, pues no recordaba nada del evangelio. Seguí asistiendo semana tras semana, cada domingo con más entusiasmo y fui llamada como secretaria de la Sociedad de Socorro del barrio.

Le pedí al hermano Tejada (corredor de seguro) que me comprara un Libro de Mormón en el templo, lo leí hasta que pude obtener mi testimonio nueva vez, mi mente comenzó aclararse  y recordé muchas de las cosas que había aprendido cuando me bauticé.

Mi esposo aun no quería acompañarme a la Iglesia, solo asistíamos mis hijos y yo mientras que él trabajaba los domingos, agradezco que él no se opusiera a mi decisión de volver a la Iglesia. Un día hablé con mi obispo y le dije que quería hacer mi investidura, sentía que era el tiempo y que  estaba preparada, oré y le expliqué a mi esposo sobre mi decisión, la cual acepto y en septiembre del 2013 me investí en el templo.

A pesar de que siempre le hablaba a mi esposo sobre el evangelio, él no estaba abierto a escuchar. Una vez mi obispo me dijo: “Tenga fe, ya verá que un día usted se sellara con su esposo en el templo y aunque yo no esté físicamente, ese día estaré con ustedes”.

Seguí esforzándome, orando, ayunando, predicándole con mi ejemplo y mi entrega, un dia mi esposo me dijo: “No voy a trabajar más los domingos y en lo adelante te acompañaré a la Iglesia”. Sentí una inmensa alegría, aunque sabía que era solo el comienzo.

En el 2014, fui llamada como presidenta de la Sociedad de Socorro de mi barrio, una oportunidad más de seguir sirviendo a mi Padre Celestial y a mis hermanas, mi esposo aun no era miembro de la Iglesia, pero era flexible y me ayudaba con los niños cuando tenía alguna reunión y cuando él me preguntaba que por qué tenía que ir un domingo por la tarde a la capilla, yo le respondía: “Que en los asuntos de mi Padre me es menester estar”. Mi llamamiento me ayudó en muchos aspectos de mi vida, me fortaleció y fue una bendición en mi vida.

Ese mismo año mi esposo aceptó recibir los misioneros y se bautizó en la Iglesia, meses más tarde recibió el sacerdocio, fue llamado como consejero del  cuórum de élderes y en enero del 2015 bautizó a nuestra hija al cumplir sus  8 años.

El 16 de enero del 2016, el mismo día en que nuestra hija Angélica cumplió sus 9 años, fuimos al templo y nos sellamos como una familia por esta vida y por toda la eternidad en presencia de Nuestro Padre Celestial, ángeles y nuestros más íntimos amigos.

El Señor nos da oportunidades cada día, de empezar, si nos arrepentimos de corazón, les buscamos con verdadera intención, somos fieles y guardamos sus mandamientos, veremos milagros en nuestras vidas. No importa cuántas veces hayamos caído, sé que Él siempre nos tiende Sus Manos como un amoroso Padre que desea lo mejor para  Sus hijos.