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Las Manos del Señor

Las Manos del Señor

EN 1978, YO ERA UN JOVEN MISIONERO cuando fui llamado a servir con otros nueve dedicados misioneros para “abrir” la obra de la predicación del evangelio en la República Dominicana. He reflexionado muchas veces en las experiencias que se me presentaron en ese corto tiempo, y me he maravillado de lo afortunado que he sido de ser un testigo de la mano del Señor en el establecimiento del evangelio restaurado de Jesucristo en esta hermosa nación del Caribe.

A los largo de mi vida me he sentido impulsado a compartir esas experiencias… experiencias singulares e inspiradores relacionados a los pioneros en el evangelio en la República Dominicana. Amo a este pueblo. Me siento ligado a ellos. Puedo decir que: “Soy dominicano de corazón.”

La Iglesia no estaba organizada cuando llegamos. No teníamos barrios, estacas, distritos ni ramas. No teníamos edificios propios. Se alquiló una casa pequeña en la Calle Hatuey, #151 en Ensanche Piantini en la cual nos reuníamos. Todo el país era parte de una misión grande que abarcaba parte de la Florida y todas las islas del Caribe, la cual tenía su sede en Fort Lauderdale, Florida.

Estos nueve misioneros fuimos testigos de la mano del Señor en la preparación, planificación y despliegue de la vía para que el evangelio restaurado de Jesucristo fuera traído a este país.

Mi propósito primordial al relatar estas experiencias es mostrar a los miembros de la Iglesia, cómo la mano del Señor se manifestó en el derramamiento de las gloriosas bendiciones del evangelio a esta fiel nación.

Qué experiencia más maravillosa fue estar aquí y escuchar las promesas hechas por el élder M. Russell Ballard en diciembre de 1978 cuando  dedicó el país para la obra misional. Me he dado cuenta de que fuimos testigos presenciales de que las promesas que escuchamos se ¡habían cumplido! El Santo Espíritu ha tocado mi corazón confirmándome la veracidad de esas palabras proféticas que escuche con mis propios oídos hace 35 años. Todos fuimos testigos de milagros.

La obra misional en San Pedro de Macorís

Mi compañero Gordon Smith y yo fuimos los primeros misioneros enviados a San Pedro de Macorís. Estábamos ansiosos por saber la voluntad del Señor para con nosotros en esta ciudad y sentíamos una emocionante sensación de maravilla. En mi diario yo escribí “…No hay miembros; no hay capilla, la Iglesia no está establecida, sólo mi nuevo compañero, el élder Smith y yo. Empezaremos la Iglesia allá…”  Por tanto, con tan sólo nuestra fe en el Señor y nuestro entusiasmo por la obra, llegamos a San Pedro el 7 de abril de 1979, y nos lanzamos a lo desconocido.

No había espacio para nuestro equipaje en el primer vehículo de la Iglesia, el cual tomamos hacia San Pedro de Macorís, por tanto dejamos nuestros equipajes en Santo Domingo para que fueran entregados más tarde por un segundo vehículo. Al llegar tuvimos que aprender de la ciudad, buscar un lugar para quedarnos y prepararnos para tener una reunión al día siguiente. La declaración de Nefi, “E iba guiado por el Espíritu, sin saber de antemano lo que tendría que hacer,” describía nuestros sentimientos al ser dejados en las calles de San Pedro de Macorís. Tan pronto nos dejaron, sin equipaje, empezamos a buscar a pie un lugar donde quedarnos. Confiaba en que el Señor sabía exactamente lo que iba a pasar. La expectativa de ver lo que sucedería ardía en mi corazón.

Al llegar hablamos con un norteamericano, quien nos llevó a casa de una joven, quien a su vez nos llevó a la Iglesia Evangélica, luego a un administrador de esa Iglesia quien tenía un apartamento arriba al cual podíamos mudarnos inmediatamente. Lo llamé nuestro apartamento de “una semana” porque sabíamos que era tan sólo temporal hasta que encontráramos una buena casa que sirviera la doble función de capilla y lugar para vivir. Parecía una coincidencia tras otra—pero sólo nosotros sabíamos.

Esperábamos llamar al hermano Davis, quien venía para San Pedro de Macorís, una ciudad con más de 105,000 habitantes,  en un segundo vehículo, para acordar la entrega de nuestro equipaje, pero al final caminamos hacia donde el élder Davis estaba esperando por nosotros—sin ninguno de nosotros saber de antemano dónde se encontraba el uno o el otro. El encontrar al élder Davis no fue una coincidencia.

Ahora con nuestro equipaje, la prioridad del día era determinar cómo y dónde tendríamos los servicios de la Iglesia al día siguiente. Tenía la esperanza y oraba para que pudiéramos tener servicios con éxito e investigadores en San Pedro al día siguiente. ¿Encontraríamos investigadores en un día? Lo que sucedió después, todavía lo recuerdo como una película en mi mente—fue una experiencia singular, una que no he olvidado jamás.

El élder Smith y yo estábamos parados en la acera cerca del centro de la ciudad. Estoy seguro que estábamos íntimamente sobrecogidos, tratando de determinar cómo movernos y cómo funcionaba el transporte público (tal vez lucíamos totalmente perdidos). Mientras esperábamos en la acera, repentina e inesperadamente una guagüita se detuvo frente a nosotros en el lado opuesto de la acera. Después de una breve espera, la guagua arrancó, y al otro lado de la calle se había desmontado una señora con un pie enyesado, cojeando con un par de muletas. Inmediatamente, se volteó hacia nosotros (y esta es la parte que recuerdo como una película en mi mente), y lo más rápido que pudo batalló cojeando al cruzar la calle, se dirigió rápidamente hacia nosotros gritando, “¡Élderes!, ¡Élderes!, ¡Élderes!”. ¡Estaba tan emocionada al vernos! Nos preguntó, “¿Qué hacen aquí? ¡Pensé que la Iglesia no existía en la República Dominicana!” Con mucho entusiasmo y rapidez conocimos a la hermana Negrón, una miembro de la Iglesia quien era de Puerto Rico y asistía a la Universidad Central del Este en San Pedro. Ella vivía en San Pedro con su suegra y dos hijas pequeñas.

Ella se convirtió en nuestra confiada fuente de ayuda y apoyo. Nos ayudó a entender las líneas de transporte y la distribución de la ciudad. Quizá lo más importante, habíamos encontrado un lugar para la Iglesia el próximo día, donde posiblemente pudiéramos tener investigadores: el hogar de la hermana Negrón. Escribí en mi diario: “¡Oh bien, qué bendición!”  Esta es una de las experiencias que de nuevo confirmaron que la mano del Señor es muy evidente, y sus tiernas misericordias abundan—especialmente cuando uno se esforzaba por ser un instrumento en las manos del Señor para compartir las bendiciones del evangelio restaurado.

Al mirar atrás y ver cuán bien los eventos de ese sábado se combinaron para ayudarnos a establecernos, escribí en mi diario:

…Recibimos el segundo vehículo por suerte, fuimos guiados directo a las personas importantes a quienes debíamos hablar— ¿fue por casualidad? Hallamos un apartamento, nos encontramos con el hermano Davis en la ciudad, una miembro pasaba en la guagua del transporte público y nos vio— ¿fue todo por casualidad? No. Recuerden que cuando estamos en la obra del Señor, ¡las coincidencias no existen! [Todo] sucedió muy bien para que fuera “coincidencia.”

El domingo, 8 de abril de 1979, sostuvimos nuestra primera reunión de la Iglesia en San Pedro de Macorís. Yo escribí:

Recién regresamos de nuestro primer servicio de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en San Pedro de Macorís. La reunión se celebró en casa de la hermana Negrón a las 11:00 a.m., hora dominicana (empezamos a las 11:30). Estaban presentes dos misioneros (el élder Smith y yo), la hermana Negrón y sus dos hijitas; su suegra (católica) no miembro y un vecino no miembro [de la hermana] Negrón quien asistió a la Iglesia en Hawái hace 15 años. Empezamos cantando “Cuenta Tus Bendiciones”. La hermana Negrón hizo la oración inicial y yo di los anuncios: 1) La Iglesia había llegado a San Pedro. 2) Estábamos buscando un local para la Iglesia.

Expliqué por qué participamos de la Santa Cena, y luego tratamos de cantar de la página 168, pero no sonó muy bien. El élder Smith partió el pan, y bendijo y repartió el pan y el agua… Entonces yo pregunté si tenían inquietudes, y tuvimos una lección básica sobre la apostasía, y la restauración… Concluimos con nuestros testimonios y una oración por el élder Smith… Yo sentí el Espíritu después de la Santa Cena. En realidad he sentido el Espíritu estos últimos días.

Con la ayuda del Señor, la Iglesia fue traída a San Pedro de Macorís. La mano del Señor fue evidente en el establecimiento del Reino del Señor. Los miembros y los misioneros aprendieron que, en la obra misional no ‘existen las coincidencias’.

El 4 de mayo de 1979, después de varios intentos, encontramos una buena casa de concreto ubicada en el centro del pueblo y apta para servir como local para la capilla. Le pagamos $300 pesos al “dueño” y de inmediato nos mudamos. Esta fue la primera capilla oficial en San Pedro de Macorís y estaba ubicada en la calle Manuel A. Richiez #26 (altos), en Villa Providencia. Nuestra calle pasaba directamente por el Mercado Central. Podía sentirse el espíritu.

El élder Kevin Mortensen sirve actualmente una misión como misionero mayor junto a su esposa en la misión República Dominicana, Santo Domingo Este. Nuevamente el Señor le ha permitido contemplar las bendiciones del evangelio restaurado en esta nación y ser las manos del Señor al prestar servicio a un pueblo que ama con el corazón.

El élder Kevin Mortensen sirve actualmente una misión como misionero mayor junto a su esposa en la misión República Dominicana, Santo Domingo Este. Nuevamente el Señor le ha permitido contemplar las bendiciones del evangelio restaurado en esta nación y ser las manos del Señor al prestar servicio a un pueblo que ama con el corazón.